Han pasado exactamente 8 días del nuevo año desde la Mitad del Mundo. El tiempo parece pasar de una forma ágil, y admirarlo al detalle cada segundo es un reto; sin embargo, es irrenunciable encontrar en el reloj tiempo para darnos un respiro ligero y lento.
Pienso en muchos regalos que trajo el 2025, así como en los retos que me puso al frente; momentos que abrigaron el alma desde lo más profundo, así como instantes en los que sentí cómo el corazón se rompió un poco. Las lágrimas acompañan tanto en lo bueno como en lo no tan bueno, pero ciertamente todo lo caminado durante los 365 días está envuelto en gratitud por darme un espacio a mí y a toda la gente que quiero y amo, por permitirme soñar, volar, viajar, imaginar, crear y más.
Son algunas cosas que podría listar como lecciones del año pasado, pero hay una en especial que quiero plasmar hoy. Se dice desde siempre que hay que ser buena persona, y serlo parece lógico, no como algo calculado, sino como algo real y auténtico. Mucho se dice también sobre qué es ser buena persona, pero creo que falta espacio para explorar qué implica realmente serlo, no desde una moral que busca reconocimiento, sino desde el genuino espacio del actuar.
Hay una frase que dice que lo que hacemos cuando nadie nos ve es lo que somos, y creo que es una definición muy cercana a lo que significa ser buena, buene o bueno; porque la inteligencia suprema que tenemos nos permite calcular al detalle milimétrico cómo hacer algo que deseamos sin ser descubiertos. Cuidar nuestras huellas a veces es más fácil que en otras, pero finalmente tenemos la capacidad de cubrir lo que a la luz del día no se sentiría bien.
Este año, mientras increpaba a ChatGPT explicaciones para entender por qué no puede uno simplemente ser cínico, por qué debe pensar tanto en la conciencia, de qué sirve querer ser lo más congruente, de dónde sale el deseo de buscar coherencia, me rendí. No encontré explicación que no se sintiera como mentira. A veces, desde la inconsciencia, hay cosas que realmente creemos como verdad y las aceptamos aunque no estén alineadas con nuestro Yo, pero hay una diferencia abismal cuando sabes que te estás autoengañando; ahí el peso se hace grande, e ignorar esa incomodidad cuesta el triple.
Entonces llegó la conclusión: el ser buena persona, el intentar serlo, no es para nadie, no es para nadie más que para ti. Quizás a veces haya gente que te observa y pueda notar tus acciones, pero cuando en verdad está la prueba de decidir si decir o hacer algo bueno, nadie lo va a ver. Son de esas cosas a las que renuncias en voz baja, son de esos deseos que no tendrían aparentes consecuencias, y no hablo de aquellas cosas propias de la rebeldía del sistema, sino de aquellas donde tus valores —los tuyos, no los de nadie— se ven retados y tentados. Son esas renuncias que nadie conoce, que parecen insignificantes porque en la sociedad pueden verse como parte de los “naturales errores humanos”.
Así que me quedé sentada y resignada por no encontrar algo lo suficientemente “lógico” para romper “reglas” que nadie supervisa. Al mismo tiempo, me llevé la comprensión de que somos buenas personas porque quizás eso es lo que sentimos en ese momento, y sentir eso no es malo, pero tampoco “premiable” en sí mismo.
No es necesario condenarse a “sacrificar” todo lo que deseamos, pero mientras encontramos ese significado honesto de lo que es ser buena persona para cada uno, el amor abriga y alumbra para no olvidar que lo que haces o decides no hacer es para ti misma. Es un tipo de soledad que no se siente vacía todo el tiempo, y lejos de juzgar la humanidad o imponer moralidad, como dice Mujica: “No se cansen de ser buenos, aunque ser bueno no sirve para mucho. Sirve para no arrepentirse con uno mismo”. Y si sirve mucho o poco, no lo sé, pero es una respuesta que sí vale la pena mirarla con los ojos de la vida.
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